Todavía puedo sentir el frío húmedo calando en mi chaqueta mientras caminaba por la antigua terminal de Lavacolla. Para alguien que creció en el interior de Galicia, el aeropuerto de Santiago de Compostela no era solo un lugar de tránsito; era una entidad mística, el punto exacto donde nuestra tierra se conectaba con el resto del mundo. Mi primera vez allí, hace ya unos cuantos años, quedó grabada en mi memoria con la nitidez de una fotografía analógica: el olor a café recién hecho mezclado con el queroseno y esa bruma persistente que parece abrazar la pista de aterrizaje.
El umbral de la aventura
Recuerdo llegar en el coche familiar, sorteando las curvas que suben desde el centro de Santiago. En aquel entonces, Lavacolla conservaba un aire señorial y pausado, lejos de la vertiginosa velocidad de los grandes hubs europeos. Al cruzar las puertas automáticas, me sentí pequeño frente a los paneles de salidas. Ver nombres como Madrid, Londres o Caracas iluminados en aquellas pantallas de fósforo me produjo un vértigo electrizante. Yo solo iba a Barcelona, pero para mi yo adolescente, cruzar el control de seguridad era como atravesar el espejo de Alicia.
Lo que más me impresionó fue la luz. Lavacolla tiene una arquitectura que, incluso en sus reformas, ha sabido respetar ese tono grisáceo y elegante de la piedra gallega. Me senté cerca de los grandes ventanales de la sala de embarque, viendo cómo los operarios de pista se movían entre las maletas bajo una lluvia fina que no terminaba de romper. Había algo profundamente poético en ver un avión de hélice emerger de la niebla compostelana, como un barco fantasma llegando a puerto.
El despegue sobre el mar de pinos
Cuando finalmente subí por la escalerilla y sentí el rugido de los motores, el corazón me dio un vuelco. El despegue desde Lavacolla es una experiencia sensorial única: el avión gana altura rápidamente y, en cuestión de segundos, los tejados de pizarra y los infinitos bosques de pinos y eucaliptos de los alrededores se convierten en una alfombra verde que se extiende hasta donde alcanza la vista. Recuerdo buscar con la mirada las torres de la Catedral, ese faro espiritual que parece despedirte desde el valle.
Lo que nunca olvidaré de aquel primer día:
La hospitalidad gallega: Incluso en un aeropuerto, el trato del personal era cercano, casi familiar, lejos de la frialdad de otras terminales.
El silencio antes del vuelo: A pesar del ajetreo, Lavacolla mantenía una paz que permitía reflexionar antes de partir.
El reencuentro con el cielo: Cruzar la capa de nubes y ver el sol radiante por primera vez desde arriba fue un regalo que le debo a este aeropuerto.
Hoy, aunque la terminal sea moderna y el nombre oficial haya cambiado, para mí siempre será Lavacolla. Ese lugar donde descubrí que Galicia no termina en el mar, sino que empieza en sus nubes.
